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Enrique Barón: Federalismo y ciudadanía

De la mezcla de culturas

Toledo, el corazón de la Edad de oro de la presencia judía en España, tiene un paralelo místico con Jerusalén. Sede de la escuela de traductores de Toledo y de la Cábala, cuenta con dos de las sinagogas más antiguas de Europa, el Tránsito y Santa María la Blanca. Cuando iba dar clase a la Universidad de Castilla la Mancha, en Toledo, entraba habitualmente en la ciudad vieja por la mezquita del año mil del Cristo de la Luz, con una iglesia románica unida. La España de las tres culturas. No les hablo solo de memoria nostálgica. El desafío de vivir juntos los pueblos de las tres religiones del libro está muy presente, como podemos comprobarlo en los debates posteriores a los recientes acontecimientos dramáticos en Europa y Oriente Medio.

Imagen exterior del Cristo de la Luz. Toledo
Cristo de la Luz. Toledo. Spain

La tesis doctoral de Ortega y Gasset tenía como tema “Los terrores del año mil”. Escribió también un elegante prologo a uno de los más bellos libros de amor de la cultura islámica: “El collar de la paloma” de Ibn Hazam de Córdoba. Poeta que vivió entonces en el Califato y es considerado como un pionero de los estudios comparativos religiosos y lingüísticos, hebreo incluido. Una cita del prologo orteguiano abre mi novela “El error del milenio”: “La Edad Media europea es, en su realidad, inseparable de la civilización islámica, ya que consiste precisamente en la convivencia, positiva y negativa a la vez, sobre un área común impregnada por la cultura grecorromana”.

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Javier Porras Belarra: Del bipartidismo a los “ultras”

Javier Porras Belarra

Profesor de Derecho de la UE e Investigador del IDEE de la Universidad CEU San Pablo. Secretario del Máster en UE.

“Al fin hemos terminado con el bipartidismo en Europa”. Varios medios proclaman como ayer fue el comienzo del fin de esas ideologías que condujeron a los Estados europeos de un escenario incierto de postguerra a la reconciliaciónheader_index_page pacífica e imposible en más de mil quinientos años de historia.  Pero, ¿realmente se ha dado la tan ansiada -y para algunos necesaria- estocada a la socialdemocracia y a la democracia-cristiana?

 Hagamos un esfuerzo de análisis tanto en las cifras como en las alternativas. La para algunos “caduca” centro derecha y centro izquierda europea reúne un 53% de los votos (un 28,23% y un 24,9% respectivamente). Manteniendo al margen a otros movimientos favorables a la unidad, como liberales, conservadores y verdes, los euroescépticos y los eurófobos declarados suman el 18,78% de los votos, un 23,97% si tenemos en cuenta a los no inscritos, que salvo excepciones, se unen a estos grupos.

La primera conclusión es evidente: Se podrá ser más o menos críticos con la UE, sus instituciones y sus políticas, pero los ciudadanos a favor del proyecto unitario seguimos sumando más que sus detractores, concretamente las tres cuartas partes de la Eurocámara.

Evidentemente, en un sistema democrático y garantista de libertades fundamentales, entre ellas la libertad de expresión, es relativamente sencillo que movimientos populistas y peligrosos (no nos andemos con tapujos) se cuelen en la partida. Desde aquellos que sueñan con un segundo imperio napoleónico (“Frente Nacional” en Francia)  a los trasnochados por un IV Reich (NPD en Alemania, Amanecer Dorado en Grecia…), los que suspiran por una alineación con los herederos de la U.R.S.S. (“Podemos” en España o Syriza de nuevo en Grecia), los adalides del terrorismo (EH-Bildu en España) o los que desean el mercantilismo medieval más absoluto (el UKIP en el Reino Unido o los partidos antieuropeos de Dinamarca).

No trato de hacer una defensa férrea de las corrientes que abogan por la unidad. Se trata de ser crítico. Si hay un auge del euroescepticismo que disuade al 56,09% de la población a comprometerse con el proyecto, y da alas al 11% que desea su destrucción, algo de culpa tendrán los herederos ideológicos de Monnet, Schuman, Adenauer, de Gasperi… Quizá no estén a la altura política ni moral de los padres de Europa.

Pero no quiere decir que la alternativa deba de ser la indiferencia, porque ésta es la que da paso al odio, a la segregación y a la violencia. Y no porque lo diga un humilde servidor, sino porque la musa de la historia nos lo recuerda hasta la saciedad. La corruptela en los partidos que han abanderado la unidad y el progreso durante las dos o tres últimas décadas ha traído sus consecuencias. Empezamos a recolectar los frutos sembrados hace treinta años, al igual que a principios de los 90 recogimos los sembrados ese 9 de mayo de 1950. Pero desoyendo la sabia parábola de los talentos, no sólo escondimos los recibidos, sino que los lapidamos.

No consiste en que nos declaremos “euroforofos”. Tan sólo seamos, como desde un comienzo se pretendió con el proyecto, eurocríticos. Porque sólo con una constante actitud de búsqueda del bien común, que no deja de ser la búsqueda de nuestro propio bienestar, evitaremos que los ultras se apoderen de los designios de Europa, evitando fantasmas del pasado. Francia, Grecia, Dinamarca, Reino Unido, Italia y España han abierto la veda. Curiosamente, puede que los mismos Estados que nos demostraron en alguna ocasión que siempre había algo más allá de las fronteras conocidas, sean los mismos que caven las nuevas zanjas y trincheras. Pero esta vez no busquemos culpables en refinados aristócratas ni bravucones soldados: Bastará con mirarnos los unos a los otros.

 

 

Jesús Casas: Algo que hacer el día de San Beda el Venerable. Sobre Europa y las instituciones europeas

Jesús Casas
CASAS&GARCIA-CASTELLANO ABOGADOS

19 mayo, 2014 |

Confieso que nunca llevo encima numeral porque no me resulta de utilidad ya que casi nunca realizo transacciones económicas, por suerte para mí, pero he pedido a mi hijo que me preste unas monedas unos minutos y he visto que se llaman “Euros”. He ido entonces a una cajita donde guardo las monedas que me traía el “Ratoncito Pérez” que eran nada menos que duros de plata de Franco, de esos de 100 pesetas, que supongo valen bastante en el mercado numismático (“nomisma” era el nombre de moneda bizantina, por cierto, un Imperio que mantuvo una unidad monetaria idéntica en oro durante 7 siglos, algo que Carlomagno y sus hijos ni hubieran soñado) pero que facialmente vale menos que la moneda que me habían prestado (y ya he devuelto).

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